Bitácora 5 450 km rumbo a Asunción
- María José Ramírez Rodríguez

- 14 jul 2018
- 5 Min. de lectura
Salimos de casa a las 8:30 am, hemos compartido charla con Daniel y Melina en la mañana mientras nos preparamos para partir. Intercambiamos fotos, contactos y el blog. Nos dicen que no nos vayamos, que es una locura recorrer tantos países con prisa.
Cuando nos ven con las maletas hacen sonido de lastima pero quedamos de vernos en algún lugar del camino o de la vida...
Vamos al negocio de la familia De Diego para agradecer todo. Resalto que los paraguayos dan beso a lado y lado de la mejilla.
Diego dice que cojamos por la vía un bus que diga km 10, nos bajemos y ahí podemos hacer dedo para Asunción.
Hemos vuelto a las carreteras; nuestro Segundo hogar. Julián apunta que la tierra del suelo Paraguayo es roja, muy diferente, que los pies de las personas están rojos y los nuestros también lo están.
Caminamos un poco para ubicarnos en un punto estratégico y decidimos hacer el cartel que dice “Ruta 7, contamos historias” la primera persona que nos ve, para y nos lleva.
Un camión de madera, dice que nos lleva hasta Oviedo (más de la mitad del camino) lo saludamos, se llama Pablo.
Una vez más contamos nuestra historia, nos trata bien, hablamos de la calidez de los paraguayos, nos enseña algo de guaraní; como a la mayoría de los paraguayos, le encanta el vallenato, le digo que es de Colombia. Y él habla con propiedad de Rafael Orozco, Diomedes Díaz. Dice que me va a cantar algo en guaraní y luego me explica qué significa.
Julián está sentado sobre una nevera, y le dice que hay un marrano por dentro.
Nos ofrece tereré, dice que podemos venir cuando queramos a su casa, con nuestra familia de vacaciones, que la ofrece por una semana.
La cultura de ciudad capital en la que crecí me enseñó a ser desconfiada, pensando que el otro se puede aprovechar de ti, que primero está uno mismo , que pueden robarte, que no le hables a los extraños. Entiendo con cariño que puedo desdibujar todo esto: aprender a desaprender.
Miro por la ventana y hay dos mujeres de la tercera edad hablando, me miran sonríen y nos saludamos mutuamente.
Pablo hace preguntas de nuestro país, nos cuenta que es presidente paraguayo es mafioso y alcoholico, que el salario mínimo es mucho más alto que en Colombia y en Brasil que están casi a la par.
Hay cultivos de avena y otras cosas, llegamos a una ciudad en la que los taxis son verdes, unos minutos después a Caaguazu, la mitad del recorrido por la ruta 7. Aquí lo taxis son rojos.
Bebemos tereré del mismo vaso y pitillo, (bombilla y guamba) que Pablo. Dice que tiene un grupo de camioneros y les dirá que si nos ven, nos levanten.
Le regalamos un billete colombiano, él le regala a Julián uno de $2.000 PYG y a mi uno de $5.000 PGY. Dice que no lo podemos gastar, que es un regalo para siempre.
Tenemos que bajarnos, nos despedimos emotivamente y como siempre decimos que es bienvenido a nuestro país.
A la altura de Coronel Oviedo, entramos a un Mc Donalds porque la tasa de cambio es muy favorable a guaraníes, en medio de la situación, todo es barato.
$9000 PYG, la mitad en moneda colombiana por las papas más grandes.
Nos llenamos de energía, lavamos nuestras manos y nos disponemos a salir a hacer dedo hasta Asunción.
Esperamos en carretera 5 minutos y un camión para. Su nombre es Pedro, transporta aceite vegetal. Es cristiano, repite de una forma extraña que ama a su Dios y a su Hija.
Dice que no bebe, no baila, no vive con la mamá de su hija, dejaron de vivir juntos porque no están casados y todo eso es tributo a Satán, con la misma extrañeza repite muchas veces “es bonito mi país, verdá” continúa diciendo que las mujeres no deben vestirse de tal forma o tal otra, que él está lleno del Espíritu Santo. Juzga sin reparo homosexuales, prostitutas, transexuales, personas que beben y no sirven a Dios, tatuados, perforados, mujeres con maquillaje, que cortan su cabello, tienen aretes.
Empiezo a sentir gracia, repite otra vez que ama paraguay, que no quiere que su hija estudie afuera, que jamas le va a dar un celular, que sirve a su Dios, que las mujeres no deben ser de tal forma y los hombres de tal otra.
Todo es culto a Satán. Y que él se regocija en el Espíritu Santo. Después de dos horas de camino Julian y yo sólo asentimos.
Hasta el momento todas las experiencias habían sido más agradables. Sin embargo nos hace un favor y lo agradecemos. En el camino lanza varias cosas de plástico por la ventana. Un policía nos para y Pedro dice que quiere plata.
Le pasa los papeles con un billete de $5000 PYG, el policía devuelve los papeles sin el billete. Dice que si no les dan dinero, buscan alguna razón para multarlos. Esta situación me impacta, me pregunto cuando dinero recibirá en el día.
Seguimos nuestro camino, el sol se esconde a través del cerro Paraguari, los pueblitos intermedios son muy pequeños.
Pedro continúa diciendo lo mismo del camino, no sé si me siento aburrida o con mucha gracia.
Nos bajamos después del peaje de paraguarí agradecemos y como a todos le regalamos una moneda colombiana. Estando afuera no me paro de reír, mi agnostismo tuvo dosis desmesurada del sermón excluyente y radical de jehová. Concordamos con Julián que nos ha quitado energía pero respetamos su posición ante la vida.
Aquí cogemos un bus que nos lleva por 5.000 PYG a cada uno ($2.500 COP) lo considero económico para más de una hora de camino y entrada al centro de la Ciudad.
En el terminal de buses vemos equipo de tereré por todos lados.
Escribimos a José, nuestro coushourfing aquí. No responde.
Nos sentimos sucios, se escucha vallenato aquí y allá, no tenemos más opción que reírnos de lo extraño que ha sido el día. Pregunto a unos señores que onibus se puede tomar. Me dicen explican cuál es, concluyendo con amabilidad que estamos para ayudarnos.
En el camino en el bus nos habla una señora que viene con un niño, pregunta de donde somos y nos cuenta que siempre se va a vacacionar con el niño a algún lugar, a dedo y en camping. Creemos que tiene coraje, al final no nos sentimos tan locos con lo que hacemos, siento que cada persona tiene una realidad que abre o cierra la mente, la forma de ser, el amor por si mismos y por los demás. Cada persona llega hasta donde sus perspectivas le permiten.
El mapa, que carga distorsionadamente sin internet, dice que estamos llegando.
Al bajarnos un chico no mira y pregunta. ¿María José ? Soy José.
Era el couchsourfing que por cuestiones de destino estaba pasando Justo por allí.
Nos llevo a su casa, una vez más la noche nos acobija en un buen lugar.
Salimos a comer, Chipa Guazú (plató típico con maíz y queso) y empanada de cuatro quesos. Los restaurantes aquí son una barra compartida en U, todos se ven con todos. Me agradan las diferencias, me explican lo pequeños que somos en el universo y que nuestra realidad no es la única. Los chicos pagan nuestra comida, no dejo de pensarlo, el paraguayo es hasta ahora el naciona mas cálido y hospitalario que conozca. Todos siempre están dispuesto a ayudar.
Recorremos las calles del centro de la ciudad, vemos un Juan Valdez. Nos explican lo tranquila que es la ciudad, no hay delincuencia, puedes andar tranquilo por las calles asuncenas, hay grafitis y uno que otro indígena en la calle pidiendo monedas.
Vienen de la parte norte del Paraguay, en sinónimo de protestar para recuperar tierras, pero como muchos grupos indígenas en América latina. Encuentran más oportunidad pidiendo dinero en las calles.
Hemos llegado a casa, se incomodan para que nosotros consigamos dormir bien.

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