Bitácora 4 Foz do iguçú lado brasilero
- María José Ramírez Rodríguez

- 14 jul 2018
- 6 Min. de lectura
Despertamos temprano, la noche más confortadora hasta ahora.
Julián y yo Vamos a conocer las cataratas por el lado brasilero, otro sueño.
Melina y Daniel aprovecharan la entrada gratis que resolvimos en Argentina así que tomamos caminos diferentes.
Salimos de casa y percibimos que todo está cerrado por ser domingo. No hay cajeros automáticos cerca, lo que complica todo, estamos sin un peso, un real o un guaraní.
Tenemos que caminar hasta la frontera aproximadamente 40 minutos. A lo máximo vemos unas 20 personas en ese recorrido.
Los paraguayos escuchan vallenato todo el tiempo, binomio de oro, los diablitos, Jorge Celedón, hace parte de su cultura tanto como de la nuestra y un poco más.
Percibo los sonidos del acordeón en diferentes casas y 20 segundos después alguna canción en portugués. Es una locura para mi cabeza.
Cruzamos la frontera atravesando por cuarta vez el puente que cambia de hora y de país nuestra realidad.
Pensamos que hacer dedo es difícil por causa de la soledad, necesitamos un cajero y hemos caminado más de una hora.
Del otro lado de la frontera encontramos moto-taxis (una vez más no sabemos en qué idioma hablar) resolvemos pagar una moto que nos lleve hasta el cajero y volver pues allí tomamos el bus.
Julián habla con un señor que quiere cobrarnos como turistas, seguimos nuestro camino y hablamos con otro, ellos se dicen algo en guaraní, no entiendo nada. Le explico que venimos a dedo que no tenemos mucho dinero y dice que nos cobrará lo del combustible; el día parece estarnos sonriendo.
Julián se va en la moto y yo espero mientras termino de escribir la bitácora 3.
Vuelve y dice que no tienen cambio, compra una Coca Cola para cambiar el billete, es un lujo y la bebemos con emoción.
Ahora que tenemos dinero no pasan buses, solo sabemos que tiene un precio más alto $5.50 Reales ($4000 COP).
Me es evidente lo efímero del dinero, lo es todo y no es nada. No importa cuanto tengas si estás en un desierto, en una montaña, la frase que dice que hay cosas que el dinero no puede comprar tiene un sentido radical y profundo.
Nos subimos al bus, hemos dejado nuestra botella de agua pero no hay tiempo para volver por ella. Sentados en el bus que nos lleva al terminal del que sale otro bus que nos lleva a Foz de Iguazú descubro que no me acompaña mi tarjeta débito y Julián tampoco la lleva.
Solo tenemos una sola opción: bajarnos.
Caminamos unos 15 minutos y debajo de los pies donde reposaba el señor que llevó a Julián en moto hasta el cajero estaba con su amarillo candente mi tarjeta de Bancolombia.
Yo me siento en el suelo, un poco desmotivada mientras veo con sorpresa venir a Melina y Daniel con sus instrumentos, preguntando qué hacemos allí.
Rápidamente le cuento la historia, le pago en reales el dinero que nos prestó en pesos argentinos. Julián y yo tomamos otro bus hacia nuestro destino.
Estamos conversando y percibi a alguien decir “ya nos pasamos para llegar al terminal”. Me bajo con ellos y les pregunto bien. Ellos lo confirman: debemos bajarnos. Son dos argentinos de Cordova.
Desde que eta experise nacía inició siento el agrado de entablar conversación con todas las personas, sin importar por qué o cuánto tiempo deban cruzarse en mi camino. Entendí recorriendo kilómetros que todo tiene una opción.
Los cordobeses nos cuentan que hacen allí, que conocen Colombia y muchos lugares del mundo, percibimos que tienen mucho dinero y en esa misma cantidad: sencillez.
Nos explican que debemos hacer para ir, qué lugares debemos conocer: Del mundo, de Argentina, de Brasil.
Es interesante, ellos no nos dicen que estamos locos. Que cuando estemos en un puesto alto recordaremos cuando viajábamos por países a dedo. Que conozcamos y que vivamos.
Pasa un mustang azul eléctrico, convertible y con un sonido espectacular, todos nos quedamos viendo.
Claudia dice que la colonia arabe más grande de América latina está allí en ciudad del Este, y son los dueños de esos grandes centros comerciales que hacen parecer la ciudad con la China.
En la terminal de Ciudad del este, debemos tomar el siguiente bus por 3.50 reales ($2.800 COP), en el que seguimos hablando de todo sin sentarnos. Nos desean buen viaje despidiéndose de beso en la mejilla.
Llegamos a cataratas de Iguazú donde no podemos pagar como brasileros con nuestra cédula de extranjería porque es temporaria y no permanente.
Pagamos cada uno (COP $45.000). Que no es demasiado Por la favorabilidad en la tasa de cambio peso-real.
La entrada incluye transporte hasta las cataratas, un bus de dos pisos que tiene tucanes dibujados, queremos irnos arriba y me siento al lado de una niña: Es rubia, de ojos claros, tiene un vestido y un listón gigante en su cabeza, de un momento a otro estamos hablando de la vida. Por alguna razón siento que puedo hablarle en español. Es brasilera pero me cuenta con astucia que sus papás la enseñaron a hablar español porque vivieron en Buenos Aires, Como prefiere hablar en portugués, es en este idioma que le cuento que soy colombiana y que estoy viajando con mi amigo por el mundo, las razones por las que no como carne. Ella me dice que después la idea de ser vegetariana, porque no le gusta el dolor de los animales, pero que su comida favorita es espagueti a la boloñesa.
Dice que quiere un hermanito pero su mamá no quiere fabricarlo, nos tomamos un selfie y seguimos hablando un poco, de todo y de nada.
Frente a un hotel rosado y elegante, se encuentra la entrada a las cataratas.
Hemos conseguido por fin, este sueño de maravillas naturales por el lado brasilero.
Hay coatíes: animales astutos y ladrónes, una fusión entre un mapache y un oso hormiguero.
Tras un tiempo de caminata, se dibujan las cataratas, de nuevo siento que todo ha valido la pena, el camino permite visualizarlas desde diferentes lugares. Tras unos treinta minutos de camino estamos más adentro, más cerca de ellas.
Tengo de nuevo esa percepción de majestuosidad, de euforia, de plenitud. El arcoíris se refleja por diferentes lugares, juega con astucia y se esconde, aparece por acá y por allá. Las personas sonríen, identifico acentos, todos mis sentidos se agudizan, las sensaciones me recorren la piel.
Agradezco otra vez a la madre tierra. Miro y detallo cada instante de la naturaleza, la fuerza del agua, los colores, las texturas. Se siente increíble y las gotas nos empiezan a mojar. Me siento viva y alzo los brazos al cielo.
Pasadas unas horas comenzamos a sentir hambre, compramos unas galletas. El dinero se ha desaparecido en un instante. Es mejor no tenerlo, pienso. Vienen corriendo muchos coatis y rodean a Julián. Uno de ellos le salta encima, no sé si reírme, ayudarlo, o tomarle una foto.
Nos disponemos para volver, pagamos poco por el bus que nos lleva hasta el terminal y allí, sin pagar nada de más podemos coger otro que nos acerca al puente fronterizo.
Julián dice que nos hemos pasado (de nuevo), que tendremos que caminar un buen tiempo hacia el puente, en el camino, empieza a agradecer mirando al cielo.
Me dice “míralo, mira el regalo, la recompensa de cada día es el atardecer, ningún día nos ha fallado” se entrelazan rojos en el cielo después de caminar una media hora.
Al pasar, espanto a una paloma que es atrapada unos segundos despues por un gato que estaba sobre el pastal de la carretera. Pienso que el universo es perfecto. Todo ocurre en el momento preciso.
Hacemos papeles migratorios sellando entrada a Paraguay: cuando se está en Ciudad del Este puede andar sin mayor control migratorio, pero como vamos para Asunción debemos poner el sello (“carimbo” en portugués).
Atravesamos por quinta vez el puente fronterizo, cada vez me parece más largo, está solo.
Hay una pareja quieta, al parecer discutiendo y en guaraní, más adelante nos los encontramos y están discutiendo esta vez en portugués.
Oscureció y hay que volver a casa. Comemos unas medialunas (croazant) por $3000 guaraníes, ($1500 COP)
Esperamos un buen tiempo y ningún bus pasa hacia la casa. No quiero caminar un paso más.
Adelantamos camino a pie. Siento que no estamos en un lugar seguro y guardo nuestros documentos (lo más importante) dentro de mi camisa.
Pasan dos indigentes, estamos a la expectativa, alertas...
Julián dice que somos como Pelotas, rebotando desde lo más bajo a lo más alto, que le reconforta saber, cuando estamos abajo, que en un segundo, todo el panorama va a cambiar y estaremos arriba, en un escenario confortable.
Con una sonrisa el universo nos pone un bus en el camino, después de unos 15 minutos debemos bajar, eso dice el mapa que hemos trazado en nuestras cabezas, pero que está impreciso y carece de algunas piezas.
Es hora de bajarnos, sin saber bien cómo llegar a casa.
Recordamos con la cabeza en La Luz del día, los lugares por los que habíamos pasado en el momento en que Diego nos encuentra en el negocio y nos lleva a su casa. Atravesamos las plazas de mercado, el olor a verduras, el sonido de las personas hablando guaraní nos llevan a la puerta, las carnicerías, un letrero claro en mi cabeza de “venta de telas por kilo” nos sitúa en la entrada de la casa.
José nos ofrece mandi’o zereré (yuca frita en guaraní), tiene queso paraguay y cebolla. Han aprendido a decir “que chimba Parce” y lo repiten todo el tiempo.
Pido prestado un computador, cargo con éxito las bitácoras anteriores, hablo con mi familia. Hace mucho no me ligaba de tal forma a la tecnología de este siglo XXI.
El día ha acabado y vamos a dormir, mañana tendremos que estar en nuestro segundo objetivo: Asunción.

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